En mi querido colegio, con mis amigos, ya de 10 años (5º Básico). Ofuscado con la buena onda y la simpatía de ir al colegio, aunque lleno de tareas y cosas que hacer.
Cuando llego a casa hago las tareas, y trato de salir a la calle un rato con mis amigos del pasaje Nº7, una horita por lo menos. Y luego se escuchaba el: Javier éntrate!, mañana tienes que ir al colegio. Y yo cabizbajo me sometía, y de vuelta a la realidad.
Siempre quise una bici grande, pero no podía desenamorarme de mi Caloi 1980 aro 16, heredada por mi primo Cristian. Ploma como la luna y brillante como un diamante a la luz.
A todo esto, siempre me premiaban por mis buenas notas (7,0 si era posible), desde un Chocman hasta un auto a control remoto inalámbrico, aunque mas seguido los Chocman y uno que otro Super 8. Un día, después de haber dado todo mi sudor de estudiante (jugando al pillarse en los recreos con las niñas de otros cursos), llego a casa y mi papá ya estaba en casa. Me despista y me llama a la cocina. No lo podía creer.
Una bicicleta de aquellas, Oxford ploma (para seguir con la tradición) aro 26. Mis ojos brillaban como un bebe sollozando, pero de alegría.
Se cumplió un sueño, uno más, y todo esto gracias a mis papás. Una cosa más para agradecerles, aparte de los regalos humanos como su educación y su amor.
El mismo año, vino al mundo una pequeña que vino a revolucionar todo: una hermanita, Camila. Mujer con personalidad y luchadora, con un gran futuro por delante. Creadora de tantas sonrisas y felicidad dentro de las cuatro paredes de mi hogar, y por cierto, también afuera.
Ya más grande, luego de haber vivido tantas amistades y amores frustrados (esos de las cartas de amor, sin besos), seguía enfocado en lo que vivía cada día. Compartiendo con mis pares, familia y amigos, aprendiendo de la vida pero siempre consiente de lo que me pasaba, de lo que vivía, de sus procesos.
Estuve en todos los talleres posible en el colegio: coro, música, basquetball, guitarra, flauta traversa, entre otros. Hasta que un año cursando 7º básico, llego una noticia agradable a mis oídos: Don Carlos Espinoza (El Mítico Cuervo), pondrá más talleres en el calendario escolar. Interesadamente me informe, llamándome la atención el de handball, cuyo deporte lo hicimos en educación física alguna vez al cual yo le sentí un gustito. Y me inscribí.
Luego de algunos entrenamientos pensé: esta es la mia. Luego me di cuenta que por ahí iba la cosa, y me quede en el taller llegando a formar, con orgullo, la primera selección de handball de mi colegio. Llegando a hacer muchas cosas entre partidos y amistades nuevas.
Ya por ese año, 2003 con 13 años, algo más grande, nos cambiamos un poco más arriba de donde vivíamos: a los pies de la cordillera. Un lugar placentero y campestre, pero que en el dia hoy a perdido esas virtudes gracias a los empresarios y su urbanización destructora.
Ese año me empecé a fijar que muchas cosas cambiaban a mi entorno. Las voces agudas que siempre escuche eran como las de la Radio Cooperativa a las 6.30 AM, y ahí me di cuenta de que no eran solo ellos si no todos, incluido yo. Las mujeres más guapas y los hombres mas preocupados, y dije aplicando materia del colegio: “ya se están haciendo, evidentemente, ver los caracteres sexuales secundarios”.
Yo con mi amigo, mi mostacho, el típico bigote que te acompaña hasta a tomarte el yogurt de la colación. Pero con los días ya no era tan bueno, porque casa vez el mostacho de mis compañeros iba desapareciendo, y yo quedaba con otro par de niños bigotudos.
Un día, frente al espejo, decidí hacerlo. Con la ayuda de mi experimentado padre agarre ese plástico en forma de “T” con dos pequeñas navajas y me lo saque.
Ya era mitad hombre, mitad niño.
Pronto me empecé a fija en el sexo opuesto, después de años completos y recreos infinitos jugando a la pinta o a la quemadita o a esos infinitos juegos que inventábamos en los historicos cabildos llenos de ideas deslumbrantes con todos los comensales velocistas y fondistas del patio.
De ahí se acabo todo. A todos les dio por el football o por el pololear con mujercitas en miniatura. Donde la señorita mas cotizada era la rubia de ojos azules con las uñas pintadas de brillantes con esmalte transparente, llegando al vulgar fucsia.
Inolvidable.
Ahí mi compañero mas preciado era el Matías Riquelme (el Pechan), un galán de esos de las calles de Italia. Inseparables, hasta que se puso a pololear. Quede, relativamente, solo.
Pero su polola no estaba sola, también existía su par. Que luego fue mi polola (la primera), pero no funciono, no me gustaba, aunque igual estuve con ella pero de inconsciente y para estar emparejado igual que mí amigo.
En ese tiempo cambio todo: intenciones, objetivos, educación, amigos, personalidad, todo. Pero siempre fiel a mi convicción, hasta el final.
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