Naci el 03 de diciembre de 1990 en la Clínica San Pancracio, Stgo.
Luego de ver la luz (la de la sala de parto), me fui para la casa. A aquel lugar tan acogedor que con gran esfuerzo se ganaron mis padres, doña Alicia y don Ulises, allá en Maipú.
No tengo recuerdos lucidos de ese lugar pero sé que era agradable. Viviendo infancia y amor junto a mis dos hermanas mayores, que gozábamos entre juguetes, paseos y amor.
Yo iba corriendo por ese pasaje en zigzag, como siempre lo hacia, luego de haber dormido mucho. En instantes me subo a al Datsun 610, sin entender nada. Me voy para atrás y veo a mi papá arriba de un camión grande junto a dos hombres.
Nos íbamos.
El 24 de diciembre del ’93, yo con tres años recién cumplidos, llegamos al paradero 18 de La Florida. Un lugar de casa bonitas, mas acomodadas que en Maipú, donde redundaba zarzamora y espinos.
No estaba listo para la escuela, veía a mis hermanas haciendo tareas y a mi papá estudiando y trabajando como condenado a muerte. Lo único que quería era estar con mi mamá toda la tarde y también jugar con mis Hot Wheels, junto a mis infaltables amigos de plástico: Superman y Batman.
Fueron millones de tardes, de aquellas, donde mi casa estaba como un desierto. Donde la única persona que estaba era mi madre, hiperquineticamente siempre haciendo algo.
Aprovechando sus siestas, yo echaba a relucir las mas grandes historias aventureras con mis juguetes. Desde autos voladores (a propulsión supersónica) hasta superhéroes y malandrines que exploraban cada lugar de la casa en busca de a quien salvar o que destruir.
A eso de las 19.00 hrs. llegaba la Poliana (segunda de la triada de hermanos), con su jumper azul marino y el escudo del Shirayuri en el pecho izquierdo, que en realidad no sabia de que trataba o quizás solo asimilaba que “jumper” era sinónimo de colegio. Con su cara de cachetes inflados preguntando que hago en esta tarea. Luego mi papá en la noche, muy de noche, con su rostro demacrado y sus carpetas en la mano.
Mañana será otro día.
Con los años, ya de 6, entrando al Colegio Shirayuri. Un colegio estricto con ideales totalitarios por su gran gestor y mítico directo: “El Cuervo”. ¿Quién es?, el hombre mas odiado de los Shirayurenses pero gran protagonista de nuestra formación (el cual sigue vivo, y haciendo de las suyas)
En kínder la llore toda, pero después con el consuelo de la Tía Vicky ame el colegio, nadie me sacaba.
Siempre me caracteriza por el payaso del curso, o uno de ellos porque éramos muchos, además puros hombres. Entonces la competencia era quien era el más chistoso, teniendo como resultado tantas situaciones de apoderados, expulsiones de la sala, mirar la pared en una esquina y una que otra suspensión (con castigo incluido; algo muy tenebroso). Pero lo positivo era sacar sonrisas.
Pero no me quejo, valió la pena y aprendí. Y claro, sin dejar de lado las calificaciones era un hombre de buen pasar, pero no de los cuatros, sino no había premio ni menos diploma (entregado por mis padres como incentivo).

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